Seis palabras para desatar la catástrofe: “Güey, vamos a grabar un vídeo”. Lo siguiente es fácil de predecir.

Las imágenes no serán seguramente las más adecuadas para los propios implicados. Alguno de ellos, ambientados por la fiesta, la noche o la bebida (quizá las tres juntas), lo compartirá en redes sociales sin pensarlo dos veces.

Poco después, vendrá la parte difícil: pagar las consecuencias. La historia puede ocurrir en cualquier ámbito.

Detalles más, detalles menos, pero con matices sumamente similares, esta vez pasó en el fútbol.

El castigo para Alexis Vega y Uriel Antuna, jugadores de Chivas, no fue culpa de la prensa. Tampoco se trata de un tema prohibitivo: nadie habla de la “militarización” del deporte, ni nadie quiere monjes en short.

Tienen derecho, como cualquiera, a divertirse. Sólo se trata de entender que para todo hay un lugar y un momento. Si alguien insistiera en buscar un culpable, tendría que señalarse a las redes sociales. Al “descuido” de Vega para subir un vídeo de forma pública.

A la necesidad, que hoy día parece natural en muchas personas, de compartir absolutamente todo lo que se hace. A esa perturbadora sensación de que la vida sólo se disfruta si tiene likes. Y cuando no los hay, es como si nada trascendente pudiera existir.

Usos y costumbres de estos tiempos, vaya. Esa es una de las mayores lecciones que le quedará al futbolista contemporáneo… claro, si es que está dispuesto a escarmentar en cabeza ajena.

Lo que le sucedió a Vega y Antuna le puede pasar a cualquiera. Todo lo subsecuente al vídeo nació precisamente de esas imágenes: la separación del plantel (que duró apenas unos días), la recriminación de la afición, la fuerte multa económica (que de esa no se salvan) y el “linchamiento” mediático.

Más de uno insistirá en la defensa a ultranza de lo evidentemente indefendible.

“Es que todos los futbolistas lo hacen”, “es que cualquiera tiene derecho a divertirse”, “es que no son los únicos de ese plantel que les gusta la fiesta”, “es que si fuera en otro equipo nadie dice nada”… ¿Y sabe qué? Puede que todo eso sea cierto. Pero hay un importante factor que hace la diferencia en este caso: no cualquiera se exhibe a sí mismo.

La publicación del vídeo no puede ser interpretada como una afrenta. No es una forma de retar a la directiva, que ya en el pasado había mostrado mano dura. Tampoco debe verse como un “güey, vamos a ver si el nuevo técnico es tan estricto como dicen”. Es, visto a la distancia, un simple accidente provocado por tomar las redes sociales en el lugar menos indicado, en el momento menos conveniente para hacer uso de ellas.

No son secretas las historias de que en épocas antiguas a varios futbolistas prácticamente los sacaban de beber para llevarlos al campo… así hacían goles, ganaban partidos y conquistaban títulos.

En el fútbol de hoy, eso es imposible. El deporte de este tiempo simplemente no permite ese tipo de vida.

La cancha termina expulsando, tarde o temprano, a quienes no se cuidan adecuadamente fuera de ella. Pero sí hay algo de ese pasado que puede servir para el futbolista del presente: primero, tener consciencia de que no porque antes sucediera, significa que está bien y segundo, que si antes no existía el escándalo que hoy desata un caso de estos es precisamente porque si alguien se iba de fiesta, no se daba cuenta más que quien estaba con él y nadie tenía un teléfono para documentar en vídeo su aventura nocturna.

Lo peor del caso es que esta vez no fue el mal amigo que lo exhibió. No fue el paparazzi que fue a fotografiar al futbolista de madrugada saliendo de un antro, en estado por demás cuestionable. Tampoco fue el cantante de la banda contratada para amenizar la celebración que se le hizo fácil subir imágenes a sus redes sociales.

Fue uno de los implicados quien hizo público lo sucedido dos días antes de un partido. Será una dura lección para Vega y Antuna.

Si quieren una carrera brillante, tendrán que corregir mucho de fuera del campo. Porque tener derecho a divertirse no significa que deba hacerse siempre, mucho menos cuando hay un encuentro en puerta.

Para todo hay un lugar y un momento. El resto de los futbolistas contemporáneos tendrán que aprender del error, para no dejarse llevar por el ambiente de la fiesta, la noche o la bebida (quizá las tres juntas) y pensarlo mejor la próxima vez que escuchen las seis palabras que desatan la catástrofe: “Güey, vamos a grabar un vídeo”.