Emilio Lozoya es un hombre envidiable. Nació en cuna de oro. Estudió en las mejores escuelas. Habla tres idiomas. Casó con mujer rica. Es heredero de influencias y gran fortuna fruto de sus gestiones de fondos financieros hospedados en paraísos fiscales.

El pecado mortal de “El Principito” fue pervertirse cuando dirigió Pemex.

Pero Lozoya no pisará la cárcel; librará penas gracias a las gestiones de su padre homónimo apoyado por el abogado Baltazar Garzón, en acuerdo con el fiscal Gertz Manero y la anuencia del Consejero Jurídico presidencial.

Lozoya eligió el método Pavarotti: cantar como el mejor tenor lírico aquello que el mandamás quiere escuchar, me refiero a los nombres, por orden alfabético, de los traidores y archienemigos que empinaron al ex director de Pemex. Con la venia del mesías, Emilio tiene influencia necesaria para “partirles la madre” a esos, y darle fichas al poder para ganar las próximas elecciones, más allá de privilegiar la cacareada cruzada contra la corrupción y la impunidad, su hermana desalmada.

¿Pues no que no había intocables y privilegiados?

¿No dijo López Obrador que los pillos atracadores serían quemados en leña verde?; ¿Qué no sería tapadera de nadie?

Entre muertos y contagiados por la pandemia, López Obrador coloca al extraditado en el primer lugar del interés nacional, por encima de la tragedia…

No cabe duda. Lozoya es un tipo con demasiada fortuna.