Estamos hartos

Imposible acabar con la pandemia por arte de magia. Al contrario, viene un recrudecimiento. Seguirá afectando la vida cotidiana de niños, jóvenes, adultos y ancianos. Estamos hartos, desesperados y secuestrados. Esa es la nueva normalidad.

Estamos fatigados de usar cubre bocas, embarrarnos con gel antibacterial, no saludarnos y menos abrazarnos, guardar sana distancia y vivir con miedo.

Los números son pésimos. Padecemos más de un millón de contagios acumulados. Estamos a punto de alcanzar cien mil muertos cuando sabemos que el número real fluctúa entre 200 y 300 mil. El subregistro es descomunal, aunque el aparto oficial acuse a los medios de faltarle el respeto a enfermos y muertos con tal de propagar cifras escandalosas.

Para la doctora Laurie Ann Ximénez-Fybie, jefa del laboratorio de genética molecular de la UNAM, el gobierno está obligado a detener la dispersión de los contagios con muchas más pruebas de detección y rastreo de casos. Las autoridades tienen que terminar con la falsa dicotomía entre procurar salud a toda costa o evitar el colapso económico.  No habrá recuperación posible sin la contención de la pandemia.

Según el secretario de Salud, Jorge Alcocer, la pandemia está más activa que nunca, pero controlada. Los datos contradicen al funcionario. Más bien ese discurso confirma el manejo político-ideológico de una responsabilidad científica. El presidente insiste: no a las medidas coercitivas obligatorias. Lo suyo no es ser autoritario. Afirma confiar en la conciencia popular a pesar de que el comportamiento social demuestra lo contrario. Ese discurso tampoco da confianza. En todo caso revela que el gobierno está atrapado sin salida.

Lo importante somos nosotros a quienes queda prohibido el hartazgo, bajar la guardia, cuidarnos menos y arriesgarnos más. Nada justifica relajar los protocolos elementales. Ni siquiera la esperanza de contar con una vacuna quizá en seis meses, en el mejor de los casos. Sobrevivir a la pandemia es obligación nuestra más allá de maromas discursivas.