Lozoya no se mandaba solo

Sucia es la sospecha detrás del expediente Lozoya, un hoyo negro en la historia reciente. No solo por la gravedad de los cargos, sino por su alto impacto político.

Vaya labor intrincada que debe desmenuzar la Fiscalía General de la República para mostrar la red de corrupción tejida a la sombra de régimen peñanietista.

La oportunidad es inmejorable pero los riesgos son enormes.

La investigación puede pervertirse políticamente con revelaciones incómodas; puede usarse más para estigmatizar el pasado reciente y a los opositores presentes, que para aplicar la ley a secas.

El país merece un proceso ejemplar.

La sola captura de Emilio Lozoya no es justicia.

El caso debe ser definitivo de la lucha contra la corrupción, no quedar en sermón de púlpito, ni en llamados a portarnos bien. Así no se avanza; menos con filtraciones.

La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigo para ser histórica, no quedar en una purga vengativa contra quien se fue dejando fuerte olor a azufre.

Lo importante del expediente Lozoya es que sea la punta de una enorme madeja; romper el tabú de la presidencia intocable; acabar con pillos, ratas y poderosas alimañas. Eso sería lo histórico, lo trascendente sin intervenciones, protecciones ni impunidades a conveniencia del que manda más.