COLIMA, Col., 21 de enero 2019.- Este lunes se cumplen 16 años del sismo que afectó a la entidad y a región en el año de 2003 dejando destrucción, dolor y muerte, pero también, fue el momento para demostrar de que están hechos colimense, de solidaridad, fortaleza, generosidad y mucha, pero mucha humanidad.

Cuando vi las máquinas trabajar, como levantaban su pesada pala amarilla, rodando con ese rechinido en la oruga de sus llantas, me desplome en la esquina de 27 de septiembre y Vicente Guerrero, no pude más, tal parecía que el micrófono en mi mano, me sostenía, y cuando me sentí segura, empecé a gritar y llorar, mi compañero camarógrafo “Héctor” estaba grabando la historia que sepultaba la pesada máquina en mi escuela primaria “Gregorio Torres Quintero” y con ello toda una historia en una de las escuelas más antiguas de la capital de Colima.

Eso fue lo que nos dejó el terremoto del 21 de enero del 2003, en la capital de Colima, pero que se sintió en todo el estado, y sonó la alarma en el Distrito Federal, pues la magnitud, cimbró las entrañas de la tierra, un martes a las 20:0:34 horas, frente a las costas de Colima, casi precisando la playa de Cuyutlán, una duración de 55 segundos que para muchos fue eterno.

Se dice que la magnitud fue de 7.7 incluso se percibió en zonas de Jalisco y Michoacán, que reportaron afectaciones, mientras que a Colima, la capital fue de las más dañadas, y dejando su estela de muerte con 23 muertos de manera oficial, aunque algunos dicen que fueron más, unos tantos por quedar sepultados entre los escombros, unos más por recibir el último susto de sus vidas e infartarse.

De los edificios históricos como ya inicié la escuela Gregorio Torres Quintero, que fue demolida en su totalidad el edificio solo quedó de pie la gradería y el busto del profesor que inventó en método para leer y escribir de miles de generaciones en el país.

Uno más el Teatro Hidalgo, que después fue restaurado y hoy se levanta como monumento a la cultura, pero en realidad lo más doloroso era la devastación mental de los Colimotes, todos nos mirábamos alrededor, todo estaba oscuro, todo era penumbras, salían poco a poco los rostros reflejando el pánico y aún volteando a los cableados, con el miedo a “si seguía temblando” o las réplicas, que se dieron entre 3.7 y 5.8 grados así continuas hasta que la placa de cocos se acomodó hasta el 28 de enero, pero todos esos días parques, jardines, cocheras, albergues, la Cruz Roja, y templos, eran dormitorios ante el miedo en las comunidades.

En Manzanillo se cayó el Edificio Federal y de igual forma quedó inhabilitado la clínica del ISSSTE en Colima, alrededor de 10 escuelas fueron derrumbadas en el estado, 3 de ellas en Colima, pues otras más con gran historia, “República Argentina” eso fue en cuanto a la ciudad, casas azotadas y puertas y ventanas a media calle, llanto, pues hace mucho que eso no se sufría. La energía eléctrica en esa noche maldita fue cómplice para el miedo, la ciudad quedó en penumbras, minutos después llegó el Ejército Mexicano, para aplicar el plan D-N-III y La Marina, para ayudar a la población, los riachuelos de agua corrían por la ciudad apaciguando el polvo en el piso, era agua enlodada, pero salía así de las tuberías rotas por los movimientos al interior de la tierra.

Yo estaba trabajando, recién ocupábamos el edificio de la casa editorial “Diario de Colima” cuando el trinar de los vidrios de sus ventanales nos advirtió del movimiento, algunos salieron a las escaleras, otros más corrimos a la azotea, calmado el momento, nos dieron tiempo para ver a nuestras familias y después a trabajar.

Recuerdo el rostro de mi madre, que por primera vez reflejaba temor, siempre la fuerte, mis hijos ya completos los cuatro en casa, uno de ellos pedía no trabajará, como hacerlo si nuestro compromiso es informar.

Tomando la cámara y el micrófono, vimos el trayecto del entonces gobernador Fernando Moreno Peña, que por esta ocasión no le veíamos sonreír en un inicio, y a paso que daba su cara reflejaba preocupación pero siempre con una palabra solidaria para los ciudadanos que se acercaban, en otro momento nos encontramos a Gustavo Vázquez Montes, que de igual manera se daba cuenta del gran daño que azotó ese martes de “Rancho de Villa” a Colima.

Colonias de la capital como Lomas Vista Hermosa, la calle Filomeno Medina, desde la parte alta junto al jardín de Guadalajarita, hasta el propio templo de La Sangre de Cristo, había sido derruida, como terrones de azúcar sus pesadas bardas de adobe, y lo más lamentable, los familiares y vecinos escarbándolas para sacar amigos y familiares, el barrio de “La España” de los más trastocados.

En Villa de Álvarez, se dice lo que había sido minas de arenas, ahora eran calles enteras en el piso en el barrio de San Isidro, unos aplastados y hasta un día después recuperando sus cuerpos de los escombros, otros cayeron fulminados por el infarto y el miedo reflejado en sus rostros, ese fue el sismo del 21 de enero del 2003, que nadie en Colima, nadie ni una sola persona, lo podremos olvidar, y todos los que en él sucumbieron…descansen en paz.